CINE: LA ENFERMEDAD DEL DOMINGO de Ramón Salazar

España 2018
Barbara Lennie. Sus Sánchez. Miguel ángel Solá

Esperaba esta película como pueden esperarse los últimos estrenos de Spielberg o Eastwood.
Todavía pienso que 10.000 Noches en ninguna parte, esa cinta tan maltratada por la distribución, es uno de los grandes hallazgos cinematográficos de los últimos años.
Ese artefacto tan inteligente como líquido. Tan brutal y epidérmico como íntimista.
Era tan especial aquella historia y su forma de narrarla, tenía la sensación de que su creador ( más que director) , se había vaciado tanto en ella, que no podía dejar de imaginar su siguiente propuesta.
Además estaba el dúo protagonista:
Susi Sánchez, en la cinta antes citada, conseguía una interpretación llena de carne y sangre, inolvidable.
Ahora se le unía una actriz tan singular, tan perfecta y plagada de matices, tan artesanal como Bárbara Lennie.
En el trailer, excelente, por cierto, se apuntaba claramente el melodrama: una hija se enfrenta a la madre que la abandonó con sólo ocho años y a la que desde entonces no ha vuelto a ver.
Y es un melodrama. Pero no un melodrama al uso.
Antes definia a Ramón Salazar como creador, eso implica en muchos casos, elaboración, artificio. En su caso, construye sus películas alrededor de la narración con una fuerte carga simbólica, creo que contando con una participación muy activa por parte del público. Es por ello que con respecto a su obra, puede uno quedarse fuera. No es mi caso.
La película se inicia con un fotograma que es una declaración: esos dos árboles cercanos, sobre cada uno de ellos, el nombre de una de las actrices. Símbolo de apertura. Símbolos nos encontraremos, múltiples, durante las siguientes casi dos horas. Su interpretación va a depender de nosotros.
En cualquier caso, podría decirse, en una definición sencilla, que es cine de género: un melodrama, pero un melodrama despojado, en el que incluso a aquellas escenas más reconocibles ( en especial las que suceden antes del viaje ) les da un tinte de escenografía, de teatralidad.
Luego, ya en destino, el grueso de la cinta, inmersa en la naturaleza, se tiñe de cierto atavismo, no exento en ocasiones de misterio, e incluso de algunos giros donde el artificio llega a sorprender si no somos capaces de aceptarlo, si esperamos naturalidad. Pero hasta allí, en especial ese final con nivel de ceremonia, debemos de habernos dejado llevar por una caligrafía sólida, pausada y diferente, que nos lleva a encontrar un lugar de descubrimiento entra la verdad y los signos que la reflejan.
Tengo la sensación de que el director es consciente y es una elección el plantear y hacer convivir dos niveles: el artificio de la historia con la verdad de sus personajes, esa madre y esa hija tan llenas de esquinas, tan perdidas, tan difusas y tan humanas.
Toda la carne está en sus corazones. Es con ellas, de su mano, con quien recorremos ese bosque que es también bosque interior, en el que cada una tiene que caminar en sus senderos desconocidos que, muchas veces, descubrirán juntas y que, otras, no serán capaces de interpretar aunque estén en su interior. Podría decirse que La enfermedad del domingo, es un viaje, su viaje, hasta una palabra.
Vuelvo a la interpretación.
Para hacer creíble la propuesta es imprescindible contar con ellas dos.
Dice el director en la presentación que escribió la historia pensando en Susi Sánchez, para volver a trabajar juntos. No sorprende. Su creación es contundente, matizada, grande. Sus ojos son como inmensas pantallas, ventanas que nos permiten mirar hacia adentro.
A su lado, Barbara Lennie demuestra de nuevo su capacidad de desarrollar cualquier personaje detalle a detalle. Su voz un poco sorda perfectamente modulada. Su gestualidad.
Ellas son sin duda lo más importante de La enfermedad del domingo.
El dolor, la incertidumbre, la fragilidad escondida, en ambas, entre capas y capas de una pretendida dureza. Todo ello traspasa la pantalla con fluidez.
Juntas recorren ese camino sutil entre la distancia y el miedo y la cercanía que se va manifestando en extrañas diferentes formas de amor,
Y con ellas frente a él, Ramón Salazar decide observarlas con lentitud, dejándolas habitar los parajes vacíos poco a poco. Mirándolas mirar. Dándoles tiempo para que desarrollen cada gesto y nos transmitan cada arañazo o cada caricia del corazón.
Una película sólida, dura, difícil. Muy compleja.
Pero sobre todo, la experiencia de escuchar y ver el silencio.
Esperada. No me ha decepcionado. Seguiré siguiendo a Ramón Salazar.
Es importante que a nadie le de miedo ver este tipo de historias, pero lo más importante es que halla valientes que se atrevan a crearlas y ofrecérnoslas.
Gracias pues.

Público

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